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Imaginen el escenario: una madre con uno de sus hijos de paseo por un lugar concurrido. De repente el niño se acuesta en el suelo y comienza a gritar porque desea ir a un lugar. Cinco segundos más tarde todos los presentes se fijan en ellos. La madre lo levanta del suelo lo abraza y le dice: mi amor tenemos que irnos ya, pero el niño está furioso, la madre suda frío porque todos están mirándola. Todos esperan por la decisión de la madre, algunos con el morbo esperan la bofetada, otros esperan lo mismo pero para juzgarla. De repente el niño le pega a la madre en el rostro. Ella lo llama por su nombre, le dice: eso no se hace, a mamá no se le pega. Pero sufre, sufre porque su pequeño le ha pegado delante de todos y en sus tiempos aquello merecía un golpe o reprimenda. No puede hacerlo porque desde hace varios años pegarle a los hijos de cualquier forma es considerado, maltrato.

¿Cuántas veces has presenciado algo así? ¿ Cuántas veces te has encontrado en la misma situación?.

¿Y cuándo un castigo o reprimenda es maltrato? Esa es la palabra que quizá le pudiera adjudicar el 70% de las personas a un escenario como el que les acabo de presentar; claro, si se materializaba el pescozón. ¿Y acaso alguno conoce la definición propia? Pues una de las definiciones más claras, es la que lo define como ´´toda acción, omisión o trato negligente, no accidental, que priva al niño de sus derechos y su bienestar, que amenaza o interfiere en su desarrollo físico, psíquico o social y cuyos autores son personas del ámbito familiar´´ (Soriano, 2011).

En Puerto Rico, La Ley Núm. 177 de 1 de agosto de 2003 en su Artículo 2 inciso (r) define “Maltrato” como “todo acto u omisión intencional en el que incurre el padre, madre o persona responsable del/a menor de tal naturaleza que ocasione o ponga a un menor  o una menor en riesgo de sufrir daño o perjuicio a su salud e integridad física, mental y/o emocional, incluyendo abuso sexual.”

En nuestra Isla alrededor de 37,000 niños son víctimas de maltrato anualmente. Es un número muy alto,  pero, ¿son reales estas cifras? ¿Cuánta gente ha sido intervenida sin haber gravedad en la acción?

Ese refrán popular que dice un cantazo a tiempo lo resuelve todo, se repite en mi mente una y otra vez mientras voy pensando en esto. Reflexionemos si es o no cierto, que desde que se le ha otorgado tanta ambigüedad a la acción, ya los padres responsables no se atreven castigar a sus hijos para corregirlos. A los expertos, qué se ha resuelto desde entonces. ¿ Y si esa madre luego de haberlo mirado a los ojos, le hubiese dado una nalgada, qué?

No les parece que han exagerado. Que en una sociedad donde reina el interés por lo que hace el prójimo, tengamos que cohibirnos hasta de cómo criar a nuestros hijos. Después de todo soy madre y quiero ser responsable como ciudadana, pero también responder a la Ley.

¿Y si los padres y madres regresan a la disciplina de las nalgadas y regañan a los hijos para que aprendan a saber el resultado de las malas acciones? ¿Sería esa la fórmula correcta?

Todos estamos de acuerdo que la riqueza de un país es su gente,  y que la calidad de vida de su gente es lo que le lleva o no al progreso. Es decir, cuán grave estaba nuestra sociedad cuando nuestros padres nos daban una reprimenda,  y cuán grave está ahora que ante el mínimo intento de corrección pueden ser acusados de maltrato. ¿Y si acusamos al estado por negligencia? ¿Ha sido el Estado negligente en habernos creado tal ambigüedad y llevarnos a este caos generacional?

¿Apreciaste un pescozón a tiempo?

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